Pala
Otro hombre.
Esta vez con una pala en lugar de una banana.
Una historia del Sáhara que explica mejor que cualquier presentación por qué existen estas cartas.
Íbamos de Melilla al Sáhara.
Mis amigos los belgas, el hermano de un buen amigo al volante, y yo con mi cámara, que acababa de comprarme y todavía estaba aprendiendo a usarla.
Antes de subir la duna, alguien le gritó:
¡Noooo!
¡Por ahí no subas!
Aceleró.
El coche se quedó "empanzao" a media duna.
Estábamos solos.
Dunas, sol, silencio.
La clase de silencio que solo existe cuando no hay señal y no hay nadie a quien llamar.
Y de la nada apareció un hombre con una pala.
Sin explicaciones.
Sin presentaciones.
Empezó a cavar.
En diez minutos, el coche estaba libre.
Y él siguió caminando como si nada hubiera pasado.
Levanté la cámara y lo fotografié.
¿Por qué te cuento esto?
No estoy aquí porque sea el más listo.
Estoy aquí porque llevo tiempo en el desierto —el del dinero, las decisiones, el propósito— y a estas alturas tengo la pala.
Una pala que me sirve a mí.
No tengo la menor idea de si te puede servir a ti.
Yo cavo.
Tú aceleras.
Y vas viendo.
Pero sé cómo se siente tener el coche "empanzado".
Y que a veces lo único que hace falta es alguien que aparezca, cave un poco, y siga su camino.
De eso van mis cartas.
De jugar a ser la pala.
Igual es jugar demasiado.
No lo puedes saber si no recibes la primera carta.
La que tiene esa pregunta que debes hacerte al menos una semana seguida.
La pala que uso a diario.
O siempre que me "empanzo".
Dos cartas por semana: claridad, dinero, decisiones y libertad.